Por las cañerías del realismo mágico

El destupidor del jonrón

El destupidor del jonrón

Pensaba dedicar este domingo a un paseo por el zoológico habanero, al buen cine y a revisar unos  libros nuevos, pero la cañería ya vieja del edificio decidió dar la alarma y el tragante del patio empezó a vomitar primero un hilo fino de agua que poco a poco fue convirtiéndose en río incontrolable. En  minutos, el agua pasó del patio a la cocina, de la cocina al pasillo, al baño, la sala…y ya todo fue un caos.

Justo en medio de la inundación volví a maldecir mi mala memoria: ¡No había comprado el destupidor!

Desde la casa vecina llegó Alina en busca de un café mañanero, y al encontrarse con el chapoleteo, salió a “montear” un destupidor; regresó minutos después con malas noticias. Ya estaban en casa Margot y Noel, el matrimonio del piso de abajo, quienes habían subido alarmados al ver correr el agua por la pared de su patio. Sorprendidos por el río desbocado se sumaron a la brigada y cada cual salió por su lado a indagar sobre  la herramienta perdida.

Mi mujer hizo un par de llamadas a amigas cercanas. Una de ellas  informó que cierto conocido suyo tenía una cinta de plomería, pero no daba garantías de traerla: estaba cocinando para un “batallón”.

Llegó Yanela,  la de vigilancia del CDR,  a quien le había resultado llamativo el entra y sale de personas. Muy dueña de la situación y sin esperar a ser invitada, tomó asiento en el sofá de la sala, donde mi hija permanecía abstraída en la película de turno.

Ni Margot ni Noel habían regresado con el instrumento salvador, y mientras los aguardábamos, el alambre de un perchero había comenzado a reptar sin éxito por el interior de la tubería. Fue entonces cuando Yanela, la pensadora, pronunció la frase mágica: ¡ya!

Pidió un pomo plástico de dos litros -de esos de refresco-, una tijera y un palo. Cortó con maestría el pico del envase, lo ajustó a la punta del madero y… ¡el milagro estaba hecho! Ya teníamos destupidor.

Con la poza del  vertedero hasta la mitad, lo intenté con el invento un par de veces. Sin resultado. Noel, de regreso con las manos vacías,  decidió probar suerte con la innovación, no sin antes explicar que era necesario golpear con ritmo, y así lo hizo por varios minutos sobre la boca tupida del tragante. Al retirar diestramente el aditamento, todos los ojos se clavaron en el hueco del infierno. Un pequeño remolino comenzaba a formarse y finalmente llegó el anhelado “gruaaaaaaaaa”  del agua descendiendo cañería abajo luego de dos largas horas de pelea  contra el  endemoniado líquido.

Los “brigadistas” ayudaron a secar los pisos, y juntos compartimos el café de este jonrón, que me demostró una vez más que donde haya al menos dos cubanos y ganas de ayudar, no hay tupición que se resista.