Comisario a mi pesar

Jorge Ángel Hernández

Me parecía poco probable que, luego de que nuestra conversación con el periodista Ramón Lobo, mientras almorzábamos en Madrid en el Café de Oriente, el viernes 14 de mayo, le diera pocas oportunidades de corroborar sus prejuicios políticos y su incapacidad democrática, el diario que lo emplea, El País, publicase nada de lo que allí se habló. El austero costo del almuerzo podía incluso justificar la decisión. Fue una de las inmediatas impresiones con las que Rosa Míriam Elizalde y yo bromeamos, además de con la desesperación del periodista porque jamás apareció el fotógrafo. En principio, me resultó incómodo descubrir que ni conocía ni anotó mi nombre, aunque basta colocarlo en la barra de cualquier buscador para llevarse al menos una idea. Luego, al escucharlo equivocarse con otros personajes de mucha mayor repercusión mediática, se hizo evidente que estaba tan desinformado, que dependía apenas de clichés al uso, que ni siquiera entró en temas considerados “difíciles” para quienes, según la norma de la galopante contrarrevolución, trabajamos por guión. Y era evidente, como la propia Rosa Míriam lo anota, que el guión de rigor estaba previamente escrito para una publicación en la cual fines predeterminados justifican cualquier tipo de medio. Que tuviésemos diferente criterio, y que al mismo tiempo no repitiésemos la línea de consignas oficiales (o sea, que tuviésemos opinión propia, diferente a la que decía tener) parecía un poco más de lo que estaban dispuestos a admitir.

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Celda 211

Elizabeth López Corzo

Quien vaya a ver el filme español Celda 211 debe saber que se trata de mucho más que una simple tarde de cine. Su título nos remite inmediatamente al mundo de la cárcel y la crudeza de las imágenes no conoce recato alguno; así que se necesita tragar mucha saliva para mantenernos frente a la pantalla sin apartar la mirada, pero les aseguro que vale la pena.

No se trata de predisponer al auditorio, todo lo contrario, Celda 211 es una gran oportunidad para el público cubano de ver una cinta de “acción y lenguaje de adultos” que nada tiene que ver con la mediocridad y falsedad de las películas del sábado a las que estamos acostumbrados.

La primera carta de presentación del filme de Daniel Monzón son los 8 Goyas alcanzados en la última edición de los premios de la academia española, entre esos el de mejor película, mejor director y guión adaptado, lo cual supone una excelente acogida en taquilla.

La escena inicial- un preso se abre las venas para esperar tranquilamente su muerte- es apenas un anuncio de lo que nos acompañará todo el metraje. El filme tiene una dramaturgia similar a la tragedia griega, donde la fatalidad persigue constantemente al personaje que no puede escapar de su destino.

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