La mejor clase de Victoria

Los nombres auténticos los he cambiado para no herir alguna susceptibilidad, en definitiva, poco importan. Si algo vale de esta anécdota, totalmente verídica, es su esencia, y las esencias no llevan carné de identidad. La rememoro ahora,  Día del Educador, como mi homenaje a los maestros y profesores cubanos.

En ocasiones es necesario mirar qué está por dentro

En ocasiones es necesario mirar qué está por dentro

 Luego de muchos acuerdos y desacuerdos, finalmente habíamos logrado coincidir unos pocos del grupo de mi graduación de secundaria básica. Con trabajo, encontré  relevo para algunas responsabilidades que tenía aquella tarde. Además de sentir real curiosidad por saber qué había sido de aquel grupo de socios, en particular me atraía la posibilidad de ver a la profe Victoria, la guía, de quien guardaba muy buenos recuerdos: mitad amiga, mitad educadora; o quizás el ser amiga era una de sus mejores formas de educar, no lo sé bien. Lo que sí conservo en la memoria es aquel tono suyo para regañar que, precisamente por no parecer un regaño, te daba más vergüenza.

Fueron esas evocaciones las que guiaron mis pasos hasta la espaciosa terraza de La Víbora, donde, al cabo de pocos minutos, empecé a lamentar haber llegado.

No había que ser ni siquiera un poquito agudo para darse cuenta de que allí había una competencia. A Erick   me costó trabajo reconocerlo en el hombre de vientre abultado y sonrisa satisfecha. Estaba sacando del embalaje tres cajas de Bucanero, y al verme vino hacia mí dándome unas sonoras palmadas en la espalda que casi me dejan sin aire; Miroslava, con unas 25 libras de más, cortó de inmediato la animada conversación que sostenía por su móvil para recibirme con un sonoro beso pasado de Chanel No.5 y esa frase tan socorrida y mentirosa de “¡Estás igualito!”.

Yo, que no había tenido tiempo de pasar por la casa  no olía a perfume rico ni había traído más que dos pomos de refresco, de esos de 25 pesos. Parecía un bicho raro junto a la  botella de Napoleón que Fernando puso teatralmente sobre la mesa, flanqueado por los pomo con aceitunas que no sé quién sacó de un carterón… Y todo el mundo hablaba de las cosas que tenía, de sus autos, sus viajes, de sus vacaciones, como si aquello fuera la mejor tarjeta de presentación, la evidencia de su éxito en la vida. Pasada casi una hora, no había podido averiguar qué habían estudiado ni en qué estaban trabajando Erick, Miroslava, Camilo, pero tenía un acabado inventario de sus propiedades, y de personas importantes con las que mantenían vínculo.

Cuando ya había decidido marcharme porque no estaban allí los verdaderos amigos, la figura de la profe Victoria se perfiló en la puerta de la terraza. A nadie se le hubiera ocurrido decirle, ni por cumplido, que estaba igualita. Sus sienes se veían totalmente blancas, y las manos, quizás por la resequedad a causa de la tiza, eran un mapa de arrugas. Luego de besar a  cada uno de sus discípulos, identificándolos sin equivocarse por el nombre y los dos apellidos, lanzó una rápida mirada al lugar, percibiendo con ojo de águila cada detalle, como hacía cuando sentía intranquilidad en el aula.

El silencio se había ido espesando a raíz de su llegada, porque, una vez más, aquellos hombres y mujeres estaban viendo frente a ellos  a su profe y no a una anciana. Victoria, con su mejor sonrisa, sacó de una jabita de nylon varias pizzas envueltas en papel e invitó a todos con la mayor naturalidad: “Bueno, arriba, arriba, que se enfrían y las he traído desde San Miguel del Padrón”

Sobre su sencillo vestido verde, los ojos de la profesora brillaban con luces raras, y, como no era un regaño, pero sí; yo sentí vergüenza ajena.

Yohandry Fontana

La Habana

Motivo de invierno

La abuela encuentra el motivo para registrar su armario de los años, la caja de recuerdos de la casa, donde está la historia de la familia en fotos, diplomas y descoloridos pasaportes. Por sus manos pasan las cartas de navegación que un día fueron abiertas sobre la mesa de cedro de un vapor que zarpó rumbo a Cuba,  los certificados de nacimiento de los bisabuelos,  los botones de  sacos de dril 100, la colección de  madejas de hilo… Hace frío en La Habana y la abuela aprovecha la ocasión  para escarbar entre papeles amarillentos. “Son auténticos, de La Coruña”, me dice, y de nuevo le pregunta a Claudia por su manta de lana, el pretexto para un viaje entre almanaques,  ahora que este del 2009 concluye y empieza un invierno tardío en Cuba.

Yohandry Fontana

La Habana