Velos y boniatos para Carpentier

Del auto antiguo y relumbrante, adornado con tanto globo que parecía a punto de elevarse, descendió una muchacha hermosa, llevando vestido de cola, tan larga, que dos niñitos iban sosteniéndola por espacio de un par de metros. Como eran tan pequeños, a veces se les escapaba de entre las manos la pesada cascada de tul, que arrastraba cuanto mínimo desecho había a la entrada del portalón, y hasta llegó a pasar por sobre un sospechoso charquito amarillo.

En solo instantes, rodeando a la novia se armó tal corro, que el conejo de Alicia, acostumbrado a gatos sonrientes y a parlantes barajas crueles, habría quedado sin comentarios. Junto al blanquísimo tul y a las filigranas del traje estaba la vecina del cuarto piso sosteniendo con una mano la jaba rebosante de boniatos terrosos, y con la otra, acariciando el perfumado cabello de la prometida; para darle sus parabienes se abría paso, codazos mediante, Matilde, llevando como siempre en brazos a su peluda perra, declarada enemiga del baño; una joven, posible pariente de la novia, posaba ella también junto al auto, llevando apretada lycra negra que iba a morir en botines puntiagudos, presumiblemente en juego con el sombrero tejano, también negro, que la cubría.

La niñita vestida de largo encaje rosado sudaba a mares, parada como una estaca sosteniendo un cojín de terciopelo rojo donde deberían descansar los anillos. El mismo cojín donde más de una vez amenazó con hacer canasta la pelota que Liván, el hijo del carnicero, en el short de jugar al pega’o, no paraba de repicar contra el piso, a escasos centímetros de la escena.

El rítmico chasquear de la bola contra la acera marcaba un tempo de allegro andante, indetenible, imperativo, y respondiendo a él como aplicados músicos de una orquesta, todos gesticulaban y hablaban cual si fuera en cámara rápida. Boniatos, tules, perra, velo, jaba, terciopelo, lycra… y desde el último escalón, Carmela, la abuela más abuela del barrio. Entre las manos temblorosas un cartón de huevos que castañeteaban mientras sobre ellos iban estallando, silenciosas, discretas, las lágrimas de emoción de la anciana, quizás evocando cuando fue ella la novia.

“…lo maravilloso comienza a serlo de manera inequívoca cuando surge de una inesperada alteración de la realidad (el milagro) de una revelación privilegiada de la realidad, de una iluminación inhabitual o singularmente favorecedora de las inadvertidas riquezas de la realidad (…). Para empezar, la sensación de lo maravilloso presupone una fe. (…)A Van Gogh bastaba con tener fe en el Girasol, para fijar su revelación en una tela.”

No sé si Carpentier, autor de la cita, hubiera podido constatar cuánta fe movía a aquel mágico grupo, pero los animaba su fe en personales –y respetables como cualesquiera otros, – códigos de elegancia y belleza, fe en el ritual y sus requisitos, fe en los símbolos, en los íconos resguardados por cataratas de velos y calendarios, bajo oleadas de merengue rosa y enjaezados por una larga cadena de anillos, pretendiendo apresar la felicidad en esa circunferencia sin salida, como quien anilla la pata de una paloma.

Cada uno se proyectaba en aquella instantánea desde el anhelo, el asombro, la admiración o la envidia, pero espontáneamente involucrado hasta el último adarme, asumiendo convencido la condición de imprescindible en aquel mosaico real maravilloso.

Glosando al autor de “Tientos y diferencias”, me atrevo a aventurar que “Después de sentir el nada mentido sortilegio de las tierras de Haití, de haber hallado advertencias mágicas en los caminos rojos de la Meseta Central, de haber oído los tambores del Petro y del Rada…” poco hay comparable con el día a día de los cubanos.

Yohandry Fontana

La Habana

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